Inventemos

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Nos dijeron que a principios de 2013 veríamos la luz. Otros nos hablaron del segundo semestre. Los más hablaron de 2014. Quizás 2016. Otros no saben , no contestan.

No nos engañemos, no tienen ni idea de lo que dicen.  Y puestos a inventar , permítame querido lector que yo invente lo mío.

Como todo cuento que se precie comenzaré diciendo “Erase una vez un pueblo perdido en lo más recóndito del sur. De esos pueblos acostumbrados a pasar con poco, con casi nada. Sus gentes trabajaban de sol  a sol, pero guardaban para sí la alegría que les daba el trabajo bien hecho. Todos sus habitantes, en mayor o menor medida, habían sufrido en sus carnes o en las de sus familias los mordiscos de antiguas disputas. Todos habían perdonado y olvidado motivos y vísceras.

Este pueblo, pobre y roto, se había propuesto sanar sus heridas y poco a poco mejorar la vida de sus vecinos. Los jóvenes que antaño salieron de casa en busca de nuevas metas habían regresado y colaboraban en el sustento de quienes, ya mayores, habían dejado su esfuerzo y su sangre en sacar adelante a sus familias.

Francisco, su alcalde, había logrado convencer a sus vecinos de que era necesario un edificio en el que albergar a todos aquellos enfermos que necesitaban de cuidado y ayuda. Los quintos, recién llegados del servicio militar comprendieron que su alcalde, aunque ya mayor y con pocas fuerzas, les proponía que era momento de sacrificarse en lo personal y aportar en lo común. Todos ellos habían vuelto de sus destinos con la ilusión de encontrar un empleo y formar un hogar. Todos ansiaban tener una buena casa y las comodidades que sus padres no habían tenido, pero comprendieron que no se podía tener de todo en la vida. Gustosos cedieron parte de sus ingresos, e ilusiones. Los unos olvidaron la moto que querían comprar, los otros el televisor que habían conocido en un escaparate de la ciudad, los mas comerían menos carne o irían menos de vacaciones al pueblo vecino. Sus familias serían felices sin tanto lujo. De esa manera, ladrillo a ladrillo, el nuevo consultorio médico fue tomando forma.

Francisco, ante la buena respuesta de su gente, les instó a crear un fondo para ayudar a aquellos ancianos que habían perdido lo poco o lo nada que habían tenido. Una vez más, los mozos no defraudaron. Peseta a peseta fueron reuniendo un fondo para que pudieran cobrar una pequeña pensión que dignificara sus vidas.

Los años se sucedieron unos tras otros. Francisco había muerto hace tiempo y los mozos habían olvidado el motivo de su sacrificio. Unos se habían erigido en los nuevos líderes. Lo que Francisco y sus concejales hacían gratis se convirtió en profesión. Los vecinos vieron como amigos y familiares del nuevo alcalde se subían al carro de vivir del trabajo de sus vecinos. Pronto surgieron departamentos, negociados y demás. Jefes de primera, de segunda, oficiales, auxiliares y bedeles.

Los vecinos olvidaron su espíritu de sacrificio, su espíritu solidario. Todos exigían derechos, todos querían lujos y comodidades. El nuevo alcalde prometía y prometía. ¡votadme a mi! ¡Os daré ayudas y subvenciones. Os daré menos horas de trabajo. Os daré…………lo que queráis!

Con tanto dislate los vecinos tuvieron que aportar más al fondo que aquellos mozos habían creado. Sus vidas cambiaron. El trabajo que antes era suficiente dejó de serlo. Las familias pusieron a trabajar a todos sus miembros. El padre, la madre, un hijo. Todos debían contribuir a mantener tantos derechos que solo ellos se habían otorgado. Los primos, hermanos, amigos del alcalde colocaron a su vez a los primos ,hermanos y amigos. La tarta se acababa.

El nuevo alcalde pensó ¿Y ese fondo que hay para los abuelos? ¿No podríamos usarlo para repartirlo y pagar nuestras nóminas?.

¡Tienes razón¡, aseveró el  teniente de alcalde,  ¿y el antiguo ambulatorio? ¿No podríamos quitarle algo de presupuesto? ¡Asi mis primos podrían seguir cobrando la subvención que les prometí!.

Aquel pueblo del sur, de casas encaladas que siempre fue pobre pero unido y orgulloso fue languideciendo poco a poco. La amargura y la pobreza se afincó en sus calles. Algún vecino, de aquellos mozos de antaño, recordó a su alcalde. ¡ay, sí viviera Francisco!

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