No hay trabajo …¿o si?

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Las cifras parecen indicarlo claramente. No hay trabajo para la gente joven en este país. Los niveles de paro entre nuestra juventud están alcanzando valores de países en desarrollo, sino peores. Un sector de dicha juventud, casi siempre los mejor preparados universitariamente, se ven obligados a emigrar para poder tener un trabajo “de lo suyo” con un sueldo digno. Y repito lo de digno, porque alguna de las cosas que ofrecen por aquí no significan precisamente mucha dignidad. Pero, ¿y el otro sector?

No hablemos de España, por el momento. Hablemos de esos jóvenes expatriados. Claramente, la situación en esta nuestra tierra es mala, pero no pensemos que en el exterior la cosa mejora sobremanera. Un ingeniero superior o un licenciado en económicas –por ejemplo– que quiera trabajar en el extranjero, teniendo un buen conocimiento de idiomas, deberá pasar unas duras pruebas de selección, tras las que será elegido… o no. Para luego trabajar mucho, con una buena dosis de responsabilidad y por un sueldo digno. Digno. Y nada más.

Y se preguntarán ustedes: ¿de qué se queja este? Suficiente me parece comparado con lo que tenemos aquí. Pues sí, tienen toda la razón, por el momento es más que suficiente. De hecho, no me he quejado por ello. Sólo quiero reconocer desde aquí el esfuerzo que todos esos jóvenes hacen día a día: saliendo de sus casas, teniendo que controlar todos sus gastos, echando de menos a sus familias y amigos, aclimatándose a un ambiente muchas veces no tan acogedor como el español, etc. Que sí, que eso ya lo hacían nuestros abuelos cuando iban del campo a la ciudad, que ya lo sé, que la historia es cíclica.

Hablemos ahora de la otra parte de la película. Esos jóvenes que engordan día tras días las listas del paro en nuestro país. No hay trabajo, dicen. No habrá, supongo yo viendo los telediarios. Hasta que llega el día que me paro a observar y me doy cuenta de lo contrario. Innumerables trabajos que podrían ser realizados por esos jóvenes son realizados por inmigrantes dispuestos a trabajar con horarios posiblemente mejorables y salarios mediocres, o incluso malos. Cosa por la que no pasan nuestros jóvenes. Ellos no. ¡Qué desfachatez!. La mía, por supuesto.

El que me sirve una caña en el bar, la que me llama ofreciéndome el nuevo mega pack ADSL, la que cuida a mis sobrinos, el que pasea a ese abuelito en su silla de ruedas, el repartidor de paquetería, la de la tienda de zapatos, el vigilante del centro comercial, el que arregla las baldosas de la calle, la limpiadora, el que repone los yogures en el supermercado, y un sinfín más de ejemplos me sirven. Trabajos para los que no se necesita una especial formación, ni siquiera idiomas, sólo ganas de trabajar. Ganas de hacerte mayor y responsable, de llevar un dinero a casa, o ganarlo para ti mismo en el mejor de los casos, de llenar tu currículum con algo, de aportar al país y a la gente que te rodea. En definitiva, de puente hasta que pase el temporal y puedas encontrar algo mejor que te llene de verdad.

Los jóvenes en este país tenemos que cambiar el chip, estar en casa tumbados en el sofá viviendo de nuestros padres ya no se estila. Pensar que nuestra formación universitaria, el cliché de la generación mejor preparada y la queja continua al sistema y a los políticos nos conseguirá trabajo es un error. Un gran error. Porque, perdónenme ustedes, de generación mejor preparada un carajo. Hace unos días se podía leer en varios periódicos de tirada nacional como el 86% de los aspirantes a maestros en la comunidad de Madrid confundían Cataluña con Barcelona, no tenían ni idea de dónde estaba Ceuta, pensaban que el Ebro pasaba por Madrid y no sabían diferenciar la palabra escrúpulo de crepúsculo. Y estos son los que quieren enseñar a nuestros hijos, y con carrera universitaria. ¡Qué desfachatez!. La suya esta vez.

Caso aparte merecen los estudiantes eternos y los opositores sin vocación alguna. Los primeros son esos que salen del colegio o instituto sin ganas de estudiar nada, pero por diversas razones se matriculan en la carrera que menos les disgusta, o eso creen ellos, porque muchas veces no se leen más que el título y descubren de que va en septiembre, ya en clase. El segundo grupo lo forman esos jóvenes que de un día para otro descubren que quieren ser bomberos, policías o jueces, vete tú a saber. Así que se pegan varios años haciéndose los estudiantes, saliendo de fiesta, y yendo a la biblioteca a pasar las tardes hasta que la situación se hace inaguantable, o sus padres les dicen basta y tienen que dejarlo.

Conque arriba, a ponerse las pilas y a buscar trabajo, que ya vale de milongas. Para trabajar hace falta esfuerzo, mucho en determinadas ocasiones. Ya sea yéndote a vivir a Alemania o trabajando los fines de semana, pero esfuerzo y sacrificio al fin y al cabo. Y sinceramente, a algunos les falta mucho de eso en este país.

 

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