Un urbanita en el infierno

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Yo no soy de maldecir mientras conduzco, más bien todo lo contrario. Pero por las calles de nuestra querida Zaragoza está surgiendo un no sé qué que cada día me exaspera más.Esos curveos sin sentido en los carriles, esas vallas amarillas por doquier, ese policía local a puerta gayola en la Puerta del Carmen, aquel semáforo en rojo para que el tranvía te pase por delante vacío –hacen más pruebas que los Juegos Olímpicos– mientras tu llevas prisa. Sí señor, en eso se está convirtiendo Zaragoza, en un gran caos circulatorio.

Este sin vivir al volante es debido a los grandes ideólogos que tenemos en el ayuntamiento. Porque sí, esta gente resuelve los problemas sin pensarlos mucho, o sin pensarlos siquiera. Que queremos evitar el “top manta” en el Paseo Independencia, pues nada, una obra del carajo y paseo nuevo. ¿Qué podríamos haber puesto 4 policías locales?… ¡Bah!, eso no me llena el bolsillo. Que queremos instaurar un sistema de bicicletas municipales copiando a otras ciudades, pues “pa’lante”. Pero, ¿por dónde circularán todos esos ciclistas?. ¡Venga!, me pintas esa “ladico” derecho de verde y a correr. Que me encabezono en poner un tranvía en una ciudad no lo suficientemente grande y con un muy buen servicio de autobús urbano, ¿dónde hay que firmar?. Pero señor, ¿por dónde pasarán las líneas del tranvía?. Me lo pones por Independencia que como hicimos obras hace seguro que los vecinos se han acostumbrado a la ruidera. Más o menos.

Gracias a ello, ahora tenemos una nueva Gran Vía, con un paseo nuevo y un tranvía atiborrado de gente en hora punta. Una de las rutas de acceso al hospital más grande de la ciudad con un solo carril. Las ambulancias que vayan por otro lado, claro que sí. Por no hablar de esos preciosos bancos verdes que cuando les da el sol se puede freír huevos sobre ellos. Un poco más allá, la zona tripartita –peatones, bicicletas y tranvía– en que se ha convertido el Coso entre Plaza de España y César Augusto dará mucho que hablar hasta que nos acostumbremos a ella. Iluminados.

Caso especialmente destacable es el de las avenidas María Zambrano y Gómez de Avellaneda en el Actur. Después de sufrir durante años las obras para la construcción del carril bus, se pusieron en marcha para la creación del carril bici, en total unos cuatro años prácticamente ininterrumpidos de obras. Pues nada, año y medio después nos lo cargamos todo para meter con calzador el tranvía. En resumen, más de ocho largos años de obras para terminar con un follón de curvas, carriles, semáforos, autobuses, ciclistas y pasos de peatones imposible de gestionar correctamente. No se le ocurrió a nadie realizar varios proyectos a la vez, o mejor aún, idear un proyecto que permitiera las modificaciones futuras sin conllevar la completa reconstrucción de la calle. Imprudentes.

Tema aparte merece el carril bici. En un afán por hacernos modernos y sostenibles, se decidió que Zaragoza tenía que ser una de las ciudades más ciclables del país en pocos años. Así que en vez de pensarlo un poco, decidimos pintar un carrilillo verde por algunas calles principales y quedarnos tan anchos. Se dan cosas tan esperpénticas como que el carril atraviesa la zona de espera y subida a los autobuses urbanos, con la consecuente peligrosidad para usuarios y ciclistas. Chapuceros.

Vaya por delante que yo siempre he sido un acérrimo defensor del tranvía en Zaragoza y de la movilidad ciclista. El primero me parece un medio de transporte moderno, sostenible, eficiente y, por qué no decirlo, más bonito que esos autobuses rojos de TUZSA. Lo segundo es una actividad que combina el deporte, la salud, el respeto al medio ambiente y la adecuación al mundo moderno de los ciudadanos. Ambas ideas son estupendas, pero los proyectos deberían haberse llevado a cabo más cuidadosamente, teniendo en cuenta que influirán en el aspecto y orden diario de la ciudad durante los próximos decenios.

Por ello, un urbanita redomado como yo, sufro viendo como están convirtiendo nuestra ciudad en un pequeño infierno.

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